Nací el 14 de octubre de 1986. Exactamente cuatro días después del terremoto del mismo año. Nací en medio de la tragedia nacional y los más grandes temores de la guerra que se alzaban. Guerra civil que en El Salvador dejó miles de muertos y mucho rencor nacional.

 

Henry de 2 meses de edad

 

El momento de mi nacimiento fue cuando dentro de mi familia  se estaba viviendo crisis financiera. Situación que sea gravó un año después con el nacimiento de mi hermana Johanna.

 Henry Preza y Johana Preza

con su abuelo

Sin embargo, nunca nos hizo falta nada incluso en medio de los problemas complejos que trajo el desempleo de mi madre.

 

Todas estas situaciones movieron a mi mamá a que aprendiera el oficio de la costura. Eso vino apalear la situación aunque un poco.

 

Digo que nunca nos hizo falta nada porque mi Padre siempre fue muy sabio en las finanzas. Preferíamos vivir en los peores mesones de nuestro Barrio que vivir en un apartamento y sin poder pagar. 

Su hermana Jessica Preza, Henry

de 3 años 

 

Llevé mi infancia de manera anormal, pues, era muy enfermo y no practicaba ningún deporte. En el mesón había algunos niños, pero, no me dejaban salir de la casa y no conocí a nadie de afuera durante mis años sin ir a la escuela. Eran años en los que no confiábamos en nadie y mis padres preferían que no saliéramos de la casa.

 

Cuando yo tenía seis años comencé a ir a la escuela. Mi llegada a ese lugar fue muy impresionante. Mi forma de actuar era muy torpe y difícilmente podía hacer amigos porque tenía una forma muy torpe de pensar.

 

Todos los días de mi primer grado mis compañeros de la escuela me robaban el dinero y me llamaban a jugar sólo para golpearme. En una ocasión una niña me quito el reloj que mi hermana Jessica, la mayor, me había regalado y ni cuenta me di hasta que fui a la casa..

 

Casi todos los días llegaba golpeado a casa por niños más pequeños que yo. A mi padre no le interesaba eso. Es más sólo me decía que era un bueno para nada, que era una vergüenza que fuera así.

 

Esto marcó los primeros tres años de la esuela hasta que llegué a séptimo grado donde las humillaciones volvieron a tomar fuerza.

 

Realmente, casi no le tomaba importancia a esos detalles, ero, si había veces que me sentía humillado. Había algunas cosas de las cuales ellos se burlaban más: era inútil para el deporte y corría de manera extraña. Eso hasta el díada hoy, pero, ya no se hace tan evidente porque ya no me toca involucrarme a la manera de un niño en estas cosas y mejor las evito.

 

 PADRES DE HENRY EN LA DECADA DE LOS SETENTA- 1973

En los primeros años mi falta de capacidad en las cosas que mencioné me hizo ser rechazado y marginado por los mismos compañeros de mi edad. Me ridiculizaban por no poder jugar con ellos. Querían alguien que metiera goles, corriera rápido y fuera famoso: Misión Imposible.

 

Era solitario y eso hizo que desarrollará mi imaginación y me distrajera jugando con piedras y granos de arroz.

 

Uno de los consuelos que tenía era ir a la granja  donde trabajaba con mi padre. Solía sentarme al centro donde había dos mil gallinas y jugar con una o dos de ellas (aunque a ellas no siempre les gustaba).

 

Los animales fueron los únicos amigos que recuerdo haber tenido hasta los catorce años, si se les puede llamar amigos. Esto hizo que yo fuera malo en las relaciones con los demás e hiciera cosas ridículas.

 

Una vez estaba corriendo en una clase de educación física y de repente todos se estaban riendo a carcajadas (les parecía chistosa mi forma de correr). Vino otro y no le basto, me empujó y me golpeé la cabeza en una grada.

 

Otra ocasión tenía sed y me hicieron una broma dándome desinfectante de piso, era  tan torpe que ni cuenta me di hasta que estaba vomitando.

 

JOHANNA, HENRY Y JESSICA PREZA

Foto tomada año 2004

Sin embargo, esto tenía una ventaja, y era que para huir de la humillación los ignoraba y me dedicaba a estudiar. Llevé por varios años el primer lugar y era reconocido como el mejor estudiante de la escuela por los profesores, pues, para mis compañeros era un “tonto dedicado” aunque usaban palabras más fuertes para decir eso.

 

Prácticamente eso me desfavorecía con ellos ya que me odiaban más que nunca y me humillaban cuando no habían profesores. Todos esos años lo único que logré fue que me utilizarán para que les hiciera las tareas o les diera dinero.

 

En los primeros tres años aprendí a hablar en público. La primera vez pase a  decir un poema para la patria. Se me olvidó, me ridiculizaron pero, no lo vi como un trauma sino como un reto. Aunque tenía la disposición de volverlo a hacer los maestros quedaron tan avergonzados que no me dieron otra oportunidad hasta tercer grado (dos años después), para el día de la madre. Era un poema corto, pero, mi mamá estaba feliz porque no me puse nervioso. Me eligieron desde allí para casi todos los actos públicos dentro y fuera de la escuela. No siempre salía ganando. Por irresponsabilidad en estudio de lo que iba a decir me quedaba en el aire, pues, no había aprendido a improvisar. Pasaba ratos de vergüenza que me ayudaron a mejorar. Era la parte de mi que ni yo me ponía a pensar que tenía, porque estaba enfrascado en mi soledad sin pensar que realmente hacía muchas cosas y era apreciado por algunos en la escuela.

Me recuerdo haber tenido un compañero que se llamaba Salvador. Fue alguien con quién nos llevábamos bien. El era mayor unos dos años y me protegía de las agresiones y me escuchaba. Lamentablemente, mi papá me prohibió que le hablara porque a él no le gustaba que tuviéramos amigos. El día que me lo dijo hasta me golpeo. Así terminó. Ese año pase al turno de la tarde y jamás lo volví a ver desde esa última vez. No sé que le habrá pasado.

 

Además no tenía nada de paz en mi hogar. Mi padre tenía ataques de celos o ira y le pegaba severamente a mi madre. Eran peleas con gritos, ofensas, ultrajes y golpes. Yo lloraba escondido en mi cama como lo hacían mis dos hermanitas.

 

Un elemento que no olvidaré es que aunque vivía con mi familia era como que viviera sólo porque casi no pasaba con ellos. Así que me dedicaba a pensar.

 

Al llegar a los diez años comenzó la parte crítica que me llevó a los pies de Jesús. Esta es una parte que no me gusta mencionar ni recordar, pero, que forma parte de mi testimonio. No me gusta recordarla porque tenga miedo a volver sino porque siento que fue un tiempo de desgracia para dejarlo en el cesto de basura donde Cristo Jesús lo tiró. 

 

La soledad fue aprovechaba por el enemigo para mandarle dardos a  mi mente y llenarme de temor.

 

         Comencé a tenerle miedo a la muerte, y pensamientos obsesivos que aparentemente no provenían de mí tenerlos. No creo que el demonio se haya metido en mi mente, porque yo era un elegido de Dios desde antes de estar en el vientre y nunca creeré que el diablo pudiera  hacer eso. El me susurraba los pensamientos y yo era simple en escucharlos, por supuesto, por no tener a Dios en el centro de mi vida.

 

Sin duda, el diablo quiso en esta etapa destruirme para que no viviera y sirviera al Señor. Puedo asegurar que la vida sin Cristo no es solamente soledad física sino espiritual, además que es lo más miserable que le puede pasar al ser humano.

 

La cosa se volvió aun peor. El miedo a morir se volvió un deseo a causa de la desesperación que me causaban los pensamientos obsesivos. Los pensamientos me dominaban y no yo a ellos. Esta etapa me enseño  a dominar mis pensamientos.

 

Eso me ayudaría años después en el campo de batalla espiritual. Dios me permitió pasar esto para que pudiera entender lo que es dejarse llevar por lo pasajero y ayudar a otros a ser libres del  yugo del pecado.

Del lado izquierdo al derecho, parte de abajo: Jessenia Preza(prima), Ana Iris(amiga), Johana(hermana Menor) y Henry Preza. En la parte de arriba de izquierda a derecha: Jeny Preza(prima), Marta Lidia y Bitia (amigas de la célula), Nelda(mi mamá), Jessica8mi hermana mayor) y la mamaá de Marta Lidia. Al fondo mi papá riendo.

Foto tomada 1999 

Durante esa crisis, cuando llegué a mis once años fue cuando Dios comenzó a visitar mi hogar.

 

En el mes de abril de 1998 mi hermana mayor Jessica recibió a Cristo como su Salvador por un mensaje del pastor Mario Vega que se transmitió  por la radio. Después hizo acto público de fe en una congregación diferente.

Un tiempo después mi madre también se convirtió por un mensaje de la radio. Dios comenzaba a cambiar mi hogar.

 

Mientras ellas comenzaban a gozar de Cristo yo luchaba por ser feliz. Al ver el testimonio en ellas algo en mí comenzó a suceder: Crecía en mi el deseo de conocer a Dios. Yo antes no era capaz de desear de Dios por lo que estoy seguro que era la obra del Espíritu Santo. Porque yo por mi mismo no era capaz de anhelar de Dios.

 

A mis once años era un adicto a la televisión y buscaba las escenas pornográficas así que tenía dos malos hábitos. Ante las prácticas pecaminosas el única que se alegra es el diablo.

 

A veces por las noches quizá alucinaba porque veía que todo daba vueltas alrededor de mí. Tenía gran temor y me ponía a llorar. En la casa me golpeaban cuando esto sucedía porque creían que sólo eran ganas de molestar.

 

En todo esto los conflictos  con mi padre se agravaron debido a la conversión de mi madre y hermana.  Sin embargo, por sus oraciones esto no duró mucho tiempo, pues, mi padre conoció al Señor por medio de una célula de hogar. 

 

Ese día mi mamá hasta se enfermó de alegría, dice ella. Ellas habían pasado ayunando por varios días por la conversión de mi padre y eso había debilitado su salud en gran manera.

 

Para ese tiempo el panorama estaba claro para mí: Si Jesucristo había hecho algo por mi padre sin duda podía hacerlo en mí.

 

En mi orgullo me empecinaba en ser católico hasta la muerte. Si Dios no hubiera intervenido milagrosamente de seguro estuviera muerto.

 

Como lo había dicho antes mi familia  fue convertida con las predicaciones de Iglesia elim. Sin embargo, debido a nuestra ignorancia y la falta de ideas sobre congregarnos allí nos congregamos en otra iglesia que por ese tiempo era de muy sana doctrina casi idéntica a Elim. Dios mostró su soberanía a ese lugar al mandarnos para aprender grandes lecciones y mostrarnos su voluntad y una visión clara de las necesidades que el evangelio presenta a causa de la no aplicación de los valores del Reino de Dios.

 

El día de mi conversión en la mente de Dios estaba estipulado desde antes de la fundación del mundo un 28 de Junio de 1998, día domingo. Ese día Dios mostró su misericordia y me llamó a su redil.

 

Estaba lloviendo, según recuerdo, aunque levemente.  Un líder de célula de esa denominación a la que asistíamos predicó en el culto de las seis de la tarde.

 

Dios me estaba tocando desde el inicio del culto. Sentía que el me estaba llamando. Llegué con una gran necesidad de Dios y desesperado por salvar mi alma. Los temores habían inundado mi vida y sabía que Dios tenía que hacer algo si quería ser feliz. 

 

No recuerdo tanto de su mensaje, pero, las palabras que el Espíritu usó para tocar mi corazón fueron: “Tu eres esa oveja perdida.” Esa frase no fue insignificante para mí. Me di cuenta que el estado en  que estaba era de perdición. Realmente, me encontraba mal. Esta sin Dios y era como una oveja perdida, a la cual la selva y el desierto, la noche y el día, como el frío y el calor estaban destruyendo. Entonces, inmediatamente después de esas palabras el Señor obró más fuertemente en mí.

 

Fue como si hubiera despertado. Mis ojos estaban abiertos y al fin podía ver con claridad.  Al mismo tiempo que sentía esperanza en Dios me sentía el más vil de la tierra al estar en su presencia queriendo favores y siendo tan malo. Al fin pude sentir todos los pecados que tenía sobre mí y reconocí el pecado como la causa de mis temores. El pecado era la causa de los pensamientos obsesivos, el pecado era el causante de mis pensamientos de muerte. Todo esto era culpa del pecado.

 

En ese momento Dios me estaba mencionado todas las cargas por medio de su palabra, yo las reconocía y él me las quitaba al instante.

 

El predicador continúo: “Reciba a Cristo. Venga, de le su corazón a Cristo.” 

 

Ala hora del llamado la gente comenzó a pasar. Yo fui el penúltimo. Estaba llorando. Pero, no quería pasar. Estaba luchando por tomar la decisión y por ratos hacía intentos de pararme. Mi padre observó mi actitud, y de repente yo lo toque con desesperación (tenía 11 años): “Papá, no sé que hacer, quiero recibir a Cristo.” Entonces él me tomo del brazo y con su vos fuerte, pero, como riéndose me dijo: “¡PASA!”. Les cuento a la mayoría que por emoción de lo que yo iba hacer él casi me empujo.

Mientras caminaba hacia delante el Espíritu estaba haciendo su obra. Comencé a  sentir libertad mientras iba reconociendo todas las cargas que llevaba.

 

De lo demás ya no me acuerdo muy bien. Sentí que mientras pasaba al frente las cargas desaparecían. 

 

Recuerdo muy bien la oración del diácono, que se llamaba Miguel como después me lo dijo al presentarse, él dijo en su oración en esencia esto: “Perdónalo, gracias por quitar sus cargas, ayúdale a soportar cualquier adversidad, hazlo un siervo fiel y que nunca niegue la verdad de tu palabra, que la defienda sin es posible con su vida y que sea un niño amante de ti y leal a tu presencia.”

 

Yo estaba de rodillas. Había terminado de llover. Cuando me levanté inmediatamente la gente nos grito: ¡Bienvenidos! Con sus manos levantadas (Esa era la costumbre para recibir a los convertidos en la iglesia).

 

Después nos dieron indicaciones sobre la oración, la lectura de la Biblia, congregarse y bautizarse en agua.

 

Lo primero que percibí fue la libertad. Estaba limpio de mis pecados. ¡Jesús lo había hecho!

 

Pudo decir que el diablo no llegó a molestarme como antes lo hacía. Antes recuerdo haber sentido y escuchado presencias extrañas en mi cuarto. Hoy cuando intentan hacerlo o lo hacen no pueden resistir el poder del Espíritu Santo y el nombre de Jesús y salen huyendo. Mientras estaba escribiendo estas líneas los tuve que reprender un par de veces en el Nombre de Jesús. Yo sé que a mi redentor no lo resisten.

 

LOS COMIENZOS.

 

Comencé a leer la Biblia, el evangelio de Juan. Esto abrió un campo de la vida cristiana que no conocía. También oraba. Y comencé a sentir Al Dios real que había alejado de mí para no sentirlo.

 

Algunas cosas no cambiaron en mi vida. Seguía siendo inútil para el deporte, sin tener amigos y ridiculizado como antes. Ahora según ellos tenía un defecto más: Ser cristiano.

 

Continúe cometiendo errores. Cuando yo no era cristiano ocupaba mi tiempo viendo televisión hasta ocho horas. Jugaba, ocupaba mi imaginación y cuando no tenía nada que hacer ponía mi mente en blanco y lo podía hacer por horas. Parecía que estaba concentrado en algo pero no estaba pensando en nada. La soledad realmente afecta y sólo alguien que lo ha vivido sabe a lo que me refiero.

 

Un día en la granja estaba con la mente sin ocupación y tuve el primer pensamiento obsesivo que recuerdo. En el momento creí que estaba loco. Estaba jugando que era carro, y de repente me deje dominar por mi mente y comencé a pensar que estaba loco, que estaba demente. “Te estas haciendo un loco y nunca dejarás de pensar que eres un carro,” susurraba el enemigo a mi mente.

 

Lo peor era sentir que estaba loco. En realidad no había aprendido a ponerle límites a mi imaginación  y ella me quería dominar a mí.

 

De repente,  aún pensamiento se le añadía otro y otro, y cada vez sentía que era peor. No sabía si era mi mente o el diablo o estaba mal de la cabeza. De vez en cuando me fortalecía y reprendía, no volvía a pensar en eso, pero, después volvía el problema.

 

Siendo ya cristiano comenzaron a llegar esos pensamientos obsesivos y otros más. Me llenaban de temor y sentía que estaba loco, pero, no quería sentirme más excluido y por eso no se los contaba a nadie. Fue como un año y medio después de mi conversión que luche contra esos pensamientos. Dios tenía un propósito, me estaba capacitando para ayudar a otros y tener carácter para no dejarme vencer por cualquier pensamiento. Eso me ayudó a no hacer todo lo que se me viniera a la mente, a decir que no y tener más convicciones. 

 

Oraba por horas, de noche y de día después de venir de la escuela. Huía de mis pensamientos. Leía mucho. Eso hacía que me sintiera bien mientras lo hacía. Después me sentía igual. El problema era que no los había combatido directamente. Usaba esos medios para huir cobardemente, pero, no tomaba la seriedad necesaria para vencerlos.

 

Había días desesperantes donde casi reclamaba a Dios diciéndole: ¡Hasta cuándo! No escuchaba a Dios diciendo: Hasta que tú ya no quieras seguirte mortificando más.

 

Un día que me sentía más desesperado de lo normal me dirigía a la iglesia con mi hermana y de repente vi un rótulo detrás una ferretería que decía:

 

“Que si confesares con tu boca, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia pero con la boca se confiesa para salvación.”

 

En ese momento el Señor me hizo entender una verdad. Debo confesar con mi boca y creer en mi corazón la victoria de Jesús sobre el temor. Necesitaba estar a salvo de los malos pensamientos. “…Con la boca se confiesa para salvación.”

 

Cada vez que llegaba un mal pensamiento confesaba que Jesús era mi Señor y que en la cruz él había desecho las obras del diablo. Ya  no huí más de los pensamientos obsesivos. Decidí enfrentarlos. A veces decía: “Si Jesús resucitó de los muertos fue para consumar su obra de libertad así que pensamientos ustedes no reinan en mi, Jesús es mi Señor.” También decía: “Como creeré a algo que no es verdad, el diablo quiere que yo me piense miserable, pero, Jesús me ha dado libertad y todo pensamiento de mentira es un estorbo para mi comunión con Dios,” En otras ocasiones decía: “Pensamiento de mentira, no necesito pensar en ti, vete de mi.” Cambie mi estilo de vida. Oraba, pero, no para huir, leía, pero, no para esconderme. Si me quería obsesionar un pensamiento trataba de mostrarle al pensamiento que tenía que no era nada realista y no necesita de él.

 

Cada vez que los tenía los enfrentaba y no les hacía caso. Los humillaba con una confesión clara de la Palabra y la fe que tenía en mi Señor.

 

Fue la primera vez que sentí algo parecido a lo que dice la Biblia: “Someteos, pues, a Dios, resistid al diablo y huirá de vosotros.”

Reconozco que no era fácil muchos días. A veces desistía y volvía a sentirme desesperado, pero, no me daba por vencido porque dentro de mí sabía que era momentáneo y no tenía que ver en nada con la realidad.

 

Día a día oraba a Dios que me ayudara a ser mejor. Le pedía tener con quien hablar y tener amigos. Hasta el momento tenía un nuevo apodo: “Loco,” en referencia a que era cristiano. Ese apodo duró dos años. Mientras estaba en séptimo y octavo grado. Había estado luchando con el pensamiento de no querer volverme loco así que al principio tuvo cierto impacto en mí y quería traer pensamientos a mi mente, pero, con el tiempo me acostumbré a ignorarlos y ellos se cansaron también.

 

Jaime Montoya junto a Henry Preza en su graduación

 

Un regalo de Dios a mis oraciones fue conocer a un muchacho llamado Jaime Montoya, con quién comencé en sexto grado una buena amistad. Al principio éramos como rivales pues, no pertenecíamos  a una misma iglesia y a mi me gustaba argumentar con él cosas realmente raras como pienso hoy, pero, él a veces se molestaba. Aunque nunca después de siete años lo he visto perder la paciencia. 

 

Es muy paciente y santo, a él no le gusta decir mentiras y es muy bíblico.  Lee mucho, es bueno para el deporte, estudió teología en un prestigioso instituto y se dedica a la obra de Dios. Estudia por las noches y es muy formal y responsable. Otra cosa que admiro de él es su alto nivel de organización del tiempo y su seriedad.

 

A veces hablamos de la Biblia hasta horas. En tercer año de bachillerato hicimos un proyecto de jóvenes y congregamos cientos para hablarles de Dios. En ese año fue cuando más trabajamos en equipo. Sin él el proyecto no se hubiera realizado. Tuvimos un concierto con una cantante internacional y jóvenes se entregaron a Cristo. Ver http://espanol.geocities.com/practicandovalores

Esta amistad me ayudó a conocer más sobre lo valioso que son las personas y a platicar con ellos.

 

El 2 de mayo de 2000 conocí a Enereida Espinoza. Ella se convirtió ese año así que la conocí en la Iglesia. Ella es alguien fuerte en todo y le gusta depender de Dios y es muy formal, más que muchas hermanas que he conocido. 

 

Igual que con Jaime he llevado una gran amistad con ella. En realidad nunca hemos trabajado en algún proyecto juntos, pero, si nos hemos escuchado, hablado mucho y nos comprendemos perfectamente bien.

 

Decenas de personas creen que somos hermanos hasta el día de hoy. Así ha sido nuestra comunión. Creo que después de tanto tiempo uno hasta llega a parecerse, así que parecemos hermanos no sólo por la apariencia sino por como pensamos, hablamos y hasta caminamos.

 

Henry Preza y Enereida Espinoza

12 de abril de 2001

 

Fuimos amigos por mucho tiempo y lo seguimos siendo hoy, pero, hoy estamos además con planes para casarnos. Hemos comenzado un noviazgo hace unos meses y estamos muy contentos por eso.

 

Actualmente doy clases  y soy supervisor de células de Elim en Santa Ana. En esta historia hay un periodo de ocho años de mi servicio a Dios en otra denominación, pero, siendo esto sólo mi testimonio y primeros pasos omito esa parte y tal vez la cuente algún día.

 

Gracias a Dios por su misericordia, grandes cosas hace el Señor. Aleluya.¡Gloria Al Señor!

 

ESTA ES UNA PARTE DEL TESTIMONIO DE HENRY PREZA