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UNA VISIÓN DE LA GLORIA DE DIOS.
"El entonces dijo: te ruego que me muestres tu gloria" (Éxodo 33:18) |
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Ésta era una gran petición. No podía haber pedidlo nada más grande: «Te ruego que me muestres tu gloria.» Bien, es que ésta es la petición más grande que el hombre haya hecho nunca a Dios. A mí me parece la más grande muestra de fe que jamás haya oído 0 leído. Fue una gran fe la que hizo ir a Abraham a la llanura para ofrecer intercesión para una ciudad culpable como Sodoma. Fue una inmensa fe la que posibilitó a Jacob aferrarse al ángel. Fue una fe poderosa la que capacitó a Elías a rasgar los cielos y hacer caer lluvia de unos cielos que habían sido como de bronce. Pero me parece que esta oración contiene una mayor cantidad de fe que todas las demás juntas. Es la más grande petición que el hombre pudiera hacerle a Dios. «Te ruego que me muestres tu gloria.» Si hubiera pedido un carro de fuego para que le llevara en un torbellino al cielo; si hubiera pedido que dividiera las crecidas de Las aguas y ahogara la caballería de una nación; si hubiera pedido al Omnipotente que enviara fuego del cielo para consumir ejércitos enteros, hubiera podido encontrar un paralelo a su oración; pero cuando hace esta petición, «Te ruego que me muestres tu gloria», se levanta a solas, un gigante entre gigantes; un coloso incluso en aquellos tiempos de hombres poderosos. Su petición rebasa a la de cualquier otro hombre: «Te ruego que me muestres tu gloria.» Entre las elevadas cumbres y cimas de las oraciones humanas que se levantan como montaras a los cielos, éste es el punto culminante; ésta es la más grande elevación alcanzada por la fe; es el lugar más sublime al que podía ascender la gran ambición de la fe; es el pilar superior de todas las estructuras levantadas que jamás erigiera la confianza. Estoy atónito de que el mismo Moisés fuera tan valiente como para suplicar un favor tan maravilloso. Lo cierto es que tras haber pronunciado este deseo, sus huesos deben haber temblado, su sangre debió congelarse en sus venas, y se le debió erizar el cabello. ¿No se asombró de sí mismo? ¿No tembló ante su temeridad? Creemos que así habría sido si la fe que le impulsó a esta petición no le hubiera sostenido al repasarla. Así, ¿de dónde procedía tamaña fe? ¿Cómo llegó Moisés a obtener un grado tan eminente de esta virtud? Ah, amados, fue por su comunión con Dios. ¿NO había estado cuarenta días en la cámara del consejo con su Dios? ¿NO se había quedado en el secreto pabellón del ardiente fuego? Si Jehová no hubiera hablado con él como un hombre habla con su amigo, no hubiera tenido suficiente valor para pedir una cosa tan grandiosa. Sí, más aún, yo dudo de si toda esta comunión hubiera sido suficiente si no hubiera recibido también un renovado testimonio de la gracia de Dios, al perdonar a una nación gracias a su intercesión. Moisés había argumentado ante Dios, había apelado al pacto, y aunque Dios le había dicho: «Déjame que los destruya», se mantuvo firme en su postura. Incluso se aventuró a decir: «Si no, borra mi nombre del libro de la vida», deja que muera como el resto; luchó duro con la justicia, y prevaleció. El poder logrado por esta victoria, unido a su anterior comunión con el Señor, le hizo poderoso en oración; pero si no hubiera recibido gracia por estos medios, creo que la petición hubiera sido demasiado grande incluso para que Moisés la llevara ante el trono. Si vosotros, mis hermanos, queréis tener una fe parecida, andad entonces en el mismo camino. Estad mucho en la oración secreta. Tened una constante comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo. De esta manera os levantaréis a lo alto en las alas de la confianza, y así también abriréis vuestra boca de par en par y la llenaréis con favores divinos, y si no ofrecéis la misma petición, sin embargo podréis tener una fe igual a aquella que llevó a Moisés a pedir: «Te ruego que me muestres tu gloria.» Permitid que os remita al versículo 13 de este capítulo, donde Moisés habla a su Dios: «Ahora, pues, si he hallado gracia en tus ojos, te ruego que me muestres ahora TU CAMINO.» Moisés pidió un favor menor antes de pedir el mayor. Pidió conocer el CAMINO de Dios antes de orar para ver su GLORIA. Observad, amigos míos, que éste es el verdadero modo de la oración. No os contentéis con respuestas pasadas, sino doblad vuestras peticiones e id a ello de nuevo. Contemplad vuestras peticiones pasadas como el extremo final de la cuña que abre el camino para otras mayores. La mejor manera de compensar a Dios, y la forma en que más le gusta a él, es ir y pedirle diez veces más que antes. Nada le complace a Dios más que cuando un pecador acude de nuevo muy pronto a él con una petición dos veces más grande. «Señor, tú me oíste la última vez, y ahora vengo de nuevo.» La fe es una gracia poderosa y siempre crece sobre aquello que alimenta. Cuando Dios ha oído una oración por algo, la fe acude y pide dos cosas, y cuando Dios ha dado las dos cosas, la fe pide seis. La fe puede escalar las murallas del cielo. Es una gracia gigantesca. Toma a los montes por sus raíces y los pone sobre otros montes, y así asciende al monte con confianza con grandes peticiones, sabiendo que no serán rechazadas. La mayoría de nosotros somos demasiado lentos en ir a Dios. No somos como los mendigos que acuden veinte veces a tu puerta si no les das algo. Pero si a nosotros se nos ha oído una vez, nos vamos, en lugar de volver una y otra vez, cada vez con peticiones mayores. Haz tus peticiones más y más largas. Pide diez, y si Dios te lo da, pide mil, y sigue pidiendo hasta que al final recibirás de manera positiva gracia suficiente para pedir, si fuera apropiado, un favor tan enorme como el que pidió Moisés: «Te ruego que me muestres tu gloria.» Ahora bien, amigos, hemos dicho unas cuantas cosas acerca de la oración misma; tendremos que ver cómo fue recibida ante el trono. Fue contestada primero con una manifestación en gracia; segundo, con una ocultación en gracia; y tercero, con un escudado en gracia.
I Primero de todo esta oración que Moisés ofreció fue oída por Dios, y él le dio una manifestación en gracia. «Y le respondió: Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro, y proclamaré el nombre de Jehová delante de ti; y tendré misericordia del que tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente.» Creo que cuando Moisés ofreció esta oración delante de Dios estaba en un estado muy semejante al de Pedro en la cumbre del monte, que no sabía lo que decía. Creo que el mismo Moisés apenas si comprendió la petición que le hacía a Dios. Con toda la claridad de sus ideas, y por pura que fuera su concepción de la divinidad, creo que incluso el mismo Moisés no tenía un concepto adecuado de la Deidad. NO conocía entonces tanto acerca de Dios como ahora ha aprendido donde se encuentra delante del trono del Altísimo. Creo que Moisés sabía que Dios es Espíritu. Pienso que debe haber sido consciente de que la mente del hombre nunca puede concebir la idea del incomprensible Jehová. Tiene que haber aprendido que el Dios del Monte Sinaí, el Rey cuyos pies resplandecían como un horno y hacían humear el monte, nunca podía ser aprehendido por los sentidos de un mortal. Pero es probable que, con todo este conocimiento, el gran legislador tuviera una vaga e indistinta idea de que pudiera ser posible que la divinidad fuera vista. Amigos míos, es difícil para criaturas cargadas con carne y sangre conseguir un concepto justo de un espíritu. Estamos tan ligados a lo material que lo espiritual está fuera de nuestro alcance. Ciertamente, entonces, si un mero espíritu está por encima de nuestra comprensión, mucho más lo estará «el Padre de los Espíritus, Eterno, Inmortal, Invisible». El poeta canta con toda verdad: «Cuanto más de maravilloso es oído en él, tanto más debiéramos asentir. Si pudiéramos concebirlo, Dios no podría ser; O bien él no podría ser Dios, o nosotros hombres. Sólo Dios puede comprender a Dios.»
Estos ojos son sólo órganos para comunicarme el conocimiento de las sustancias materiales; no pueden discernir espíritus; no es su deber; está más allá de su esfera. Más pura que el éter celestial de la más refinada naturaleza; más sutil que el secreto poder de la electricidad; infinitamente por encima de las formas más refinadas de la materia hay la existencia que llamamos espíritu. Igual podríamos esperar atar los vientos con cuerdas, o golpearlos cometa espada, que contemplar espíritus con ojos que sólo fueron hechos para ver materia. Vemos que Moisés no vio semejanza alguna; ninguna forma pasó por delante de él. Tuvo una audiencia; tuvo una visión; pero fue una audiencia desde detrás de un velo, y una visión no de una persona, sino de un atributo. Contemplad entonces esta escena. Allí se encuentra Moisés a punto de ser honrado con visiones de Dios. Oh Moisés, Dios ha venido. ¿No tiemblas; no se golpean tus rodillas entre sí; no se deshacen tus huesos; no se desgarran tus tendones? ¿Puedes tú soportar el pensamiento de Dios acudiendo a ti? Oh, yo puedo imaginarme a Moisés mientras estaba en la hendidura de la peña con la mano de Dios delante de sus ojos, y puedo verle mirar como nadie antes de él miró jamás, confiado en fe, pero más que confundido en sí mismo, que hubiera hecho tal petición. Ahora bien, ¿qué atributo va Dios a mostrar a Moisés? Su petición es: «Te ruego que me muestres tu gloria.» ¿Le mostrará su justicia? ¿Le mostrará su santidad? ¿Le mostrará su ira? ¿Le mostrará su poder? ¿Quebrantará el lejano cedro y le mostrará su omnipotencia? ¿Hendirá la montaña lejana y le mostrará que puede encolerizarse? ¿Le traerá sus pecados a su memoria, y le mostrará su omnisciencia? No: escucha el silbido suave y apacible. «Haré pasar todo mi bien delante de tu rostro.» ¡Ah, la bondad de Dios es la gloria de Dios! La mayor gloria de Dios es que es bueno. La más resplandeciente gema en la corona de Dios es su bondad. «Haré pasar todo mi bien delante de tu rostro.» Hay un panorama tal que el tiempo no sería suficiente para que lo vieras. Considera la bondad de Dios en creación. ¿Quién podría narrar toda la bondad de Dios en ella? Bien, cada riachuelo que corre al mar está lleno de ella donde los pececillos bailan en el agua. Bien, cada árbol y cada bosque resuenan con ella; donde los emplumados cantores se posan y sacuden sus alas con deleite y éxtasis. Bien, cada partícula de este aire, lleno de diminutos seres, está lleno de la bondad de Dios. Él alimenta al ganado sobre los millares de montes; los cuervos acuden y picotean su alimento de sus manos generosas. Los peces saltan de su elemento, y él los alimenta; cada insecto es alimentado por él. El león ruge en el bosque buscando su presa, y él se la envía. Diez millares de millares de criaturas reciben el alimento de su mano. ¿Podéis discernir, entonces, la bondad de Dios? Si conocierais toda la miríada de las obras de Dios, ¿sería vuestra vida lo suficientemente larga para hacer que toda la bondad de Dios en creación pasara delante de vosotros? Pensad entonces en su bondad para con los hijos de los hombres. Pensad acerca de cuántos de nuestra raza han venido a este mundo y han muerto. Nosotros somos de ayer, y nada sabemos. El hombre es como una flor. Vive, muere. Es el bebé de un día, y mañana se ha desvanecido, pero el Señor no lo olvida. ¡Oh, in¡ Dios!, si tú fueras a pasar todo tu bien delante de mí -todas tus bondades para con los hijos de los hombres- tendría que sentarme para siempre sobre una roca diamantina, y mirar a través de la eternidad; agotaría estos mis ojos, y tendría que recibir ojos de fuego, o bien nunca podría ver tu bondad para con los hijos de los hombres. Pero entonces levantémonos aún más arriba, y pensemos en su bondad soberana para con su pueblo escogido. Oh mi alma, retrocede a la eternidad y contempla allá tu nombre en el libro de la predestinación de Dios, ¡oh gracia inmutable! Y entonces pasa al tiempo de la redención, y ve allí a tu Salvador sangrando y agonizando. Oh mi alma, antes viste gotas de bondad, pero ahora, ¡oh, son ríos de bondad los que manan delante de ti! Cuando viste al Hijo de Dios gimiendo, agonizando, clamando, muriendo, sepultado en su sepulcro, y luego resucitando, viste la bondad de Dios. «Haré pasar todo mi bien delante de tu rostro.» Y de nuevo digo: ¡Qué panorama! '¡Qué serie de espectáculos que se han ido yuxtaponiendo el uno con el otro! ¡Qué vista sobre vista, fundiéndose una en la otra! Si pudiera esta mañana desde aquí tomar prestada la elocuencia de un ángel; si pudiera hablaros como quisiera, pero ¡ay!, no puedo romper estos lazos que retienen mi lengua tartamuda; si pudiera desatar estos labios y hablar como hablan los ángeles, entonces os podría decir algo, pero izo mucho, de la bondad de Dios; porque es «inescrutable». Por cuanto no puedo exponerla yo mismo, querría invocar a toda la creación para que entone su alabanza: Vosotros, montes, levantad vuestras voces; que los hirsutos bosques que coronan vuestras cumbres ondeen con adoración. Vosotros, valles, llenad el aire con los balidos de vuestras ovejas y con los mugidos de vuestras manadas. Vosotros que tenéis vida, si tenéis voces, templad. su alabanza; y si andáis en silencio, que vuestros gozosos movimientos muestren las gracias que no podéis pronunciar. Oh vosotros, árboles del campo, batid las palmas; vosotros, vientos, cantad a su gloria en solemne armonía. Tú, océano, con tus miríadas de olas, en toda tu solemne pompa, en tu movimiento de vaivén, no olvides a aquel que lleva a miles de flotas a barrerte en vano, y a que no dejen sobre tu joven frente surco alguno. Y vosotras, tempestades, aullad su grandeza; que vuestros truenos resuenen como tambores en la marcha del Dios de los ejércitos; que vuestros rayos escriban con fuego su nombre en la oscuridad de la medianoche; que el ilimitable vacío del espacio se torne en una boca para el cántico; y que el ignoto éter, a través de sus profundidades sin riberas, lleve a sus infinitos confines el nombre de aquel que es siempre bueno y que siempre hace el bien. Nada más puedo decir acerca de la bondad de Dios; pero esto no es todo lo que vio Moisés. Si se miran las palabras que siguen a mi texto, veréis que Dios dijo: «Haré pasar todo mi bien delante de tu rostro.» Pero había algo más. Ningún atributo expresa a Dios en su perfección. Siempre tiene que haber otro. Él dijo: «Tendré misericordia del que tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré demente.» Aquí tenemos otro atributo de Dios. Tenemos su soberanía. La bondad de Dios sin su soberanía no expone de manera completa su naturaleza. Pienso en aquel hombre que, muriendo, me mandó llamar. Me dijo: «Me voy al cielo.» «Y bien», le contesté, «¿Qué le hace pensar que se dirige allí? Porque nunca había usted pensado acerca de ello antes.» Él respondió: «Dios es bueno.» «Sí», le respondí, «pero Dios es justo.» «No», replicó él, «Dios es misericordioso y bueno.» Ahora aquel pobre hombre estaba muriendo, y perdiéndose eternamente, porque no tenia una concepción correcta de Dios. Sólo tenía una idea de Dios, que Dios es bueno. Pero esto no es suficiente. Si sólo se ve un atributo sólo se tiene medio Dios. Dios es bueno, y es soberano, y hace lo que le place. Y aunque es bueno para con todos en el sentido de la benevolencia, no está obligado a ser bueno para con nadie. «Tendré misericordia del que tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente.» No os alarméis, queridos amigos, porque vaya a predicar la soberanía. Sé de algunas personas que cuando oyen hablar acerca de la soberanía, dicen: «Oh, vamos a oír de alguna doctrina terriblemente elevada.» Bueno, si está en la Biblia, es suficiente para vosotros. ¿No es lo que todos vosotros queréis conocer? Si Dios dice: «Tendré misericordia del que tendré misericordia, y seré demente para con el que seré demente», no os toca a vosotros decir que se trata de una doctrina tremendamente elevada. ¿Quién os dijo que era una doctrina elevada? Es una doctrina buena. ¿Qué derecho tenéis vosotros a llamar a una doctrina elevada, y a otra baja? ¿Acaso querríais que tuviera una Biblia con una A para las cosas altas, y una B para las bajas, para poder dejar las doctrinas elevadas y así complaceros? Mi Biblia no tiene marcas de este tipo; dice: «Tendré misericordia del que tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente.» Ésta es la soberanía divina. Creo que algunos tienen miedo de decir nada acerca de esta gran doctrina, no fuera que ofendieran a algunos de su gente; pero, amigos míos, es verdadera, y vosotros la oiréis. Dios es un soberano. Él era soberano antes de hacer este mundo. Vivía solo y estaba en su mente: ¿Haré algo, o no haré nada? Tengo derecho a hacer criaturas o a no hacer ninguna. Resolvió que crearía un mundo. Cuando lo hizo, tenía el derecho a formar el mundo en la forma y tamaño que quisiera; y tenía el derecho, si quería, a dejar el globo sin que lo ocupara una sola criatura. Si quería hacer un gusano 0 una serpiente, tenía derecho a hacerlo. Cuando lo hizo, tenía derecho a darle el mandamiento que quisiera; y Dios tenía derecho a decirle a Adán: No tocarás este árbol prohibido. Y cuando Adán pecó, Dios tenía derecho a castigarle a él y a toda la raza en el abismo sin fondo. Dios es tan soberano que tiene el derecho, si quiere, de salvar a cualquiera en esta capilla, o de aplastar a todos los que estamos aquí. Tiene derecho, si quiere, de llevarnos a todos al cielo, o de destruirnos. Tiene derecho a hacer con nosotros lo que a él le plazca. Estamos tan a su discreción como unos prisioneros en manos de su majestad cuando están condenados por un delito capital contra la ley de la tierra; sí, tanto como la arcilla en manos del alfarero. Esto es lo que significa cuando dice: «Tendré misericordia del que tendré misericordia, y seré demente para con el que seré demente.» Esto agita vuestro orgullo carnal, ¿verdad? A los hombres les gusta ser algo. No les gusta postrarse delante de Dios, y que se les predique que Dios puede hacer todo aquello que quiera con ellos. ¡Ah, puede que lo odiéis, pero esto es lo que la Escritura nos dice! Desde luego, es evidente que Dios puede hacer lo que le plazca con lo suyo. A todos nosotros nos gusta hacer lo que queremos con nuestras posesiones. Dios ha dicho que si vas a su trono te escuchará; pero tiene derecho a no hacerlo si quiere. Tiene derecho a hacer lo que le plazca. Si él decidiera dejarte proseguir en el error de tus caminos, es su derecho; y si dice, como lo dice: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar», es su derecho hacerlo. Esta es la elevada y terrible doctrina de la SOBERANÍA DIVINA. Poned ambas cosas juntas -bondad y soberanía y veréis la gloria de Dios. Si tomáis solamente la soberanía, no comprenderéis a Dios. Hay gente que sólo tiene una idea de la soberanía de Dios, y no de su bondad; los tales son generalmente gente lóbrega, dura y malcarada. Tenéis que poner ambas cosas juntas: que Dios es bueno, y que Dios es soberano. No es sólo soberano, sino que es soberano y lleno de gracia. Ésta es la mejor idea de Dios. Cuando Moisés le dijo: «Te ruego que me muestres tu gloria», Dios le hizo ver que era glorioso, y que su gloria era una bondad soberana. Ciertamente, amados, no podemos equivocarnos en amar la doctrina de la gracia libre, inmerecida, electiva, cuando vemos que es mencionada aquí como la joya más resplandeciente en la corona de nuestro Dios del pacto. No temáis la elección y la soberanía. Ha llegado el tiempo en que nuestros ministros tienen que hablarnos más acerca de estos temas; o, si no, nuestras almas quedarán tan debilitadas y famélicas que levantaremos un motín por el pan de vida. ¡Oh, quiera Dios enviarnos más hombres plenamente evangélicos, que prediquen la gracia soberana como la gloria del evangelio!
II El segundo punto es que hubo una ocultación en gracia. Leamos el siguiente versículo: «Dijo más: No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá.» Hubo una ocultación en gracia. Hubo tanta gracia en la ocultación como en la manifestación. Observad, amados, que cuando Dios no nos dice nada, hay tanta gracia en ello como en cualquiera de sus revelaciones. ¿Habéis vosotros oído o leído el pensamiento de que se aprende tanto por lo que no tenemos en la Biblia como por lo que hay en ella? Algunas personas leen las Escrituras y dicen: «Me gustaría poder saber tal y cual cosa.» Ahora bien, no deberíais desear estas cosas; porque si fuera bueno para vosotros, estaría ahí; y hay tanta gracia en lo que Dios no ha puesto en la Biblia como en lo que sí ha puesto ahí. Si hubiera puesto más, habría sido para nuestra destrucción. Hay lo suficiente, y no más. ¿Sabéis cómo perdió la vista Roberto de Normandía? Su hermano pasó un cuenco de cobre al rojo vivo delante de su rostro, y le quemó los ojos. Y hay algunas doctrinas que los hombres querrían conocer, y que, si pudieran comprenderlas, sería como pasar un cuenco al rojo vivo delante de sus ojos. Abrasarían los ojos de los hombres, y su entendimiento quedaría totalmente aplastado. Hemos visto esto en algunos ministros, que han estudiado tanto que se han vuelto locos. Han ido más allá de lo que debieran haberse aventurado. Hay un punto hasta el que podemos ir, y no más allá; y feliz el hombre que llega tan cerca de ello como sea posible sin excederse. Dios le dijo a Moisés: «No puedes ver mi rostro y vivir.» Hay dos sentidos en los que esto es cierto. Nadie, siendo pecador, puede ver el rostro de Dios; y nadie, W siquiera un santo, puede ver el rostro de Dios. Primero, nadie, siendo pecador, puede ver el rostro de Dios. Un miserable acude delante del trono de Dios. Dios ha abierto sus libros y establecido su trono de juicio. Allá acude el hombre delante del trono de Dios. ¡Mírale! Está revestido del ropaje de su propia justicia. «¡Miserable! ¿Cómo entraste aquí» Y la criatura trata de mirar a Dios; ¡clama que se le conceda la vida! ¡Pero no! Dios ha dicho que «no me verá hombre, y vivirá». Así ha hablado el juez. «Ejecutores de mi venganza, ¡venid!» Acuden ángeles con coronas sobre sus frentes; empuñan sus espadas y permanecen listos. «Atadle de pies y manos; echadle en el lago de fuego.» El miserable es echado al fuego del infierno. Ve escrito en letras de fuego: «No me verá hombre, y vivirá.» Revestido de su propia justicia, ha de perecer. Luego, también, es cierto que nadie, ni siquiera un santo, puede ver el rostro de Dios y vivir; no debido a incapacidad moral, sino física. El cuerpo no es suficientemente fuerte para soportar la visión de Dios. No puedo saber si siquiera en el cielo los santos ven a Dios. Dios mora en medio de ellos; pero no sé si jamás lo contemplan. Esto es especulación. Podemos dejarlo hasta que lleguemos allí. Lo sabremos cuando lleguemos al cielo. Apenas sé si los seres finitos, cuando sean inmortalizados, podrán ver a Dios. Esto sí es cierto: que en la tierra, nadie, por santo que sea, puede nunca ver el rostro de Dios y vivir. Bien, Manoa, cuando vio un ángel, pensó que moriría. Dijo: «He visto un ángel del Señor, y moriré.» Si tú y yo fuésemos a encontrarnos con un ángel, o con una hueste de ángeles, como Jacob en Mahanaim, diríamos: «Moriremos.» El cegador esplendor nos abrumaría. No podríamos soportarlo. «No podemos ver a Dios y vivir.» Todo lo que podemos llegar a ver de Dios es lo que Moisés llama sus «espaldas». Esta palabra significa, me parece a mí, su «manto real». Habéis visto a reyes con mantos que cuelgan tras ellos; y todo lo que jamás veréis de Dios es su manto flotando tras él. De ese sol que resplandece en el cielo con todo su resplandor pensáis que brilla; lo miráis y os deslumbra; pero todo su esplendor es sólo un hilo en el regio manto del ropaje de la Deidad. Habéis visto la noche envuelta en su manto de marta cibellina tachonado de gemas y estrellas -ahí resplandecen como ornamentos trabajados por la aguja de Dios en aquel brillante tapiz que es extendido sobre nuestras cabezas, como tienda en la que moren los habitantes de la tierra: y habéis dicho: ¡Oh, qué majestuoso! ¡Aquella estrella, aquel cometa, aquella plateada luna! Qué esplendidez. Pues no son nada sino una pequeña parte del ropaje de Dios que se arrastra por el polvo. Pero, ¿qué son los hombros, cuáles los brazaletes de la Deidad, cómo es la corona que ciñe su excelsa frente? El hombre no puede concebirlo; podría imaginarme que todas las estrellas y constelaciones de estrellas fueran puestas en un cordón y transformadas en un brazalete para el brazo, o en un anillo para el dedo de Jehová, pero no puedo concebir lo que Dios es en sí mismo. Todo lo que jamás puedo aprender-todo lo que el trueno jamás haya dicho-todo lo que el fragoroso océano me pudiera nunca enseñar-todo lo que el cielo arriba, o la tierra abajo pueda jamás revelar a mi mente, no es nada más que «la espalda» de Dios. Nunca puedo verlo; ni comprender lo que es.
III Ahora, amados, pasamos al tercer punto; y se trata de su escudado en gracia. Moisés había de ser puesto en la hendidura de una peña antes de poder ver a Dios. Una vez hubo una roca en el desierto; Moisés la golpeó, y brotó agua. El apóstol nos dice que «la Roca era Cristo». Muy bien, Pablo, creo que lo era. Hay otra cosa que creo: Creo que ESTA ROCA era Cristo. Sé que no era Cristo literalmente; pero Moisés estuvo sobre una roca literal. Moisés estuvo en la cumbre de un alto monte, oculto en la hendidura de una verdadera roca. Pero, ¡oh alma mía!, ¿cuál es la hendidura de la roca en la que has de estar, si quieres jamás ver el rostro de Dios y vivir? ¡Ah, es en la Roca de la Eternidad, hendida para mí, donde debo ocultar mi cabeza! ¡Ah, qué hendidura fue aquélla cuando Jesús murió! Oh alma mía, entra en la abertura del costado de Jesús. Ésta es la hendidura de la roca donde debes permanecer y desde donde ver a Dios.
«Hasta que a Dios en carne humana veo, Mis pensamientos consuelo no encuentran; El santo, justo y sagrado Trino Dios Terror para mi mente es.»
Mas cuando entro en la hendidura de aquella roca, oh alma mía, cuando entro en aquella hendidura cuya sólida bóveda es el bien ordenado y eterno pacto, cuyo cuelo de sólido oro está hecho con los solemnes decretos de la predestinación del Altísimo, y cuyos costados son llamados Jaquín y Boaz, esto es, solidez y fuerza, es una hendidura en una roca tan duradera que el tiempo jamás podrá disolverla. ¡Maravilloso Cristo! ¡Que sea yo hallado en ti en medio del fragor de los elementos cuando el mundo se fundirá, y los cielos serán disueltos! Que esté yo dentro de ti, preciosa hendidura en la Peña; tú eres el todo para mi alma. Algunos de vosotros, lo sé, estáis en la hendidura de la Peña. Pero dejad que pregunte a otros: ¿dónde estáis? Que sea una pregunta personal. He predicado mucho tiempo acerca de Dios; he tratado de elevarme a las alturas de este gran argumento y hablar de las maravillas de Dios. Puede que haya fracasado, pero dejad que os pregunte a cada uno de vosotros: ¿Estás en aquella hendidura de la roca? ¿Puedes cantar esto?:
«Jesús, tu sangre y justicia Mi belleza son, mi gloriosa vestidura; En medio de mundos encendidos, de ellos revestido, Con gozo mi cabeza alzaré.»
Para terminar, es necesaria una inferencia práctica, y ¿cuál será? Sacadla vosotros. Que sea ésta: se avecina una hora cuando todos nosotros deberemos, en cierto sentido, ver a Dios. Deberemos verlo como juez. Nos conviene, entonces, pensar seriamente acerca de si estaremos en la hendidura de la Peña cuando él venga. Hay un pasaje que querríamos mencionar antes de terminar: «Vi un caballo verdoso pálido, y el que lo montaba tenía por nombre Muerte, y el Hales le seguía.» Ya sabéis que la palabra hales incluye el cielo y el infierno. Significa el estado de los espíritus. Sí, la muerte va en pos de ti y de mí. Ah, ¡corre, corre, corre!, pero por más que corras, el jinete sobre el caballo pálido te alcanzará. Si puedes escapar de él por setenta años, al final te alcanzará. ¡La muerte va montada! Aquí acude su caballo -oigo sus bufidos, siento su aliento ardiente- ¡ya llega, ya llega! ¡Y tú tendrás que morir! PERO, OH HOMBRE MALVADO, ¿QUE VIENE DESPUÉS? ¿Será el cielo, o el infierno? ¡Ah!, y si es el infierno lo que viene en pos de ti, ¿dónde estarás cuando seas rechazado por Dios? Ah, ruego a Dios que te libre del infierno; esto viene en pos de ti, y si no tienes donde ocultarte, ay de d. Contempla aquella hendidura en la roca; contempla aquella cruz, contempla aquella sangre. Ahí hay seguridad, y sólo ahí. Tus obras son tan sólo un inútil estorbo; échalas a un lado, y con todas tus fuerzas huye al monte con estas palabras:
«Nada en mis manos yo traigo, Sólo a tu cruz me aferro.»
Sí, más que esto aún: necesitarás ayuda divina, Iluso para acudir a Cristo:
«Ah, para esto fuerza ninguna tengo, Mi fuerza es a tus pies postrarme.»
Pero, oh pobre impotente, si estás sólo ocultándote en Cristo, estás del todo a salvo. Puede que se desaten tormentas, pero no puedes ser abrumado; el viejo Aquilón puede soplar hasta que se le revienten las mejillas, pero n un soplo de viento podrá dañarte; porque quedarás oculto en la hendidura de la Peña hasta que haya pasado la venganza.
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